En un estudio político interesante, de los pocos que aparecieron a final del año pasado, el Consejo de Política Digital hizo un escalafón de los diez presidentes con más seguidores en Twitter. De la exclusiva lista, la mitad es ocupada por mandatarios latinoamericanos.


En el primer lugar, y de lejos, aparece Barack Obama, con más de 24 millones de seguidores, seguido por Hugo Chávez que alcanza la no despreciable cifra de 3 millones ochocientos mil seguidores. De ahí en adelante, los políticos latinos ocupan el lugar sexto con la brasileña Dilma Rousseff, el séptimo con la argentina Cristina Fernández, el octavo con Juan Manuel Santos y el noveno con el recién posesionado presidente de México Enrique Peña Nieto.

Twitter se transforma a pasos agigantados en el primer contacto noticioso de cientos de millones de latinoamericanos y los presidentes lo han reconocido así. De allí que sus avances gubernamentales o la búsqueda de apoyo popular para algunas iniciativas sean publicitadas por este medio. Más allá del impacto inicial que puede suponer la abrasadora mayoría latinoamericana en una lista de cierto trasfondo popular y tecnológico, lo interesante del asunto es cómo Twitter resulta una expresión irrefutable de la idiosincrasia de cada una de las democracias (o dictaduras) y, mejor aún, de aquellos que las dirigen. Mientras Dilma Rousseffha casi abandonado su cuenta personal pero sigue creciendo en seguidores, Juan Manuel Santos y Enrique Peña Nieto manejan el canal de manera fría y acartonada, con más noticias que opiniones, y pocas veces dejan a un lado su esquemático papel presidencial.

Harina de otro costal son Hugo Chávez y Cristina Fernández que transformaron a Twitter no solo en una plataforma de información gubernamental sino en el campo de sus más aguerridas batallas contra la oposición. Algo más similar a lo que en nuestro entorno político hace el expresidente Álvaro Uribe.

La forma en la que escriben sus trinos los mandatarios de Argentina y Venezuela, personalista y coloquial, es también una muestra de la pugnacidad en países profundamente divididos en los que muchas veces priman los adjetivos antes que la razón.

Al mismo tiempo es irrefutable que esta forma de utilizar la red social, si se quiere más cercana al populismo que a una forma estadista, aumenta la pasión y la admiración de sus seguidores que los consideran parte del pueblo y con un comportamiento como cualquier otro ciudadano. Trinen de una forma u otra es llamativo que los cinco mandatarios incluidos en este listado obtengan índices de influencia todos superiores a 79 sobre 100, bajo el famoso esquema Klout.

Con un crecimiento acelerado en inclusión de internet y a redes sociales en Latinoamérica, los mandatarios de esta zona lo entendieron claramente: democráticos o populistas, ahora el contacto con el ciudadano (o el voto) es directo y por lo tanto su influencia mayor.